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8 de diciembre de 2015

Ultimadamente a mí me mandaron de administración…

Uno no entiende la Teoría del caos hasta que no le ocurre lo siguiente: Una moneda de cinco pesos rueda por el piso del Metrobús, lo que provoca que acabes enterándote de la disfuncional relación laboral entre una recepcionista y el vigilante de un edificio de oficinas.

Bety (no usaré su nombre verdadero, a fin de proteger la identidad de la siempre laboriosa y digna protagonista de sus propias fantasías) se encarga de recibir personas y paquetes por parte de diversas empresas y las distribuye a sus respectivos destinos en las oficinas instaladas en el edificio en que labora. Pedro (nombre real, hecho del conocimiento de todos ustedes para escarnio público de semejante parásito de la seguridad privada) cuida la puerta, da y niega accesos al inmueble según acreditación y se encarga de salvaguardar el orden.

Pedro es verdaderamente malvado. Su incompetencia tiene raíz en los más bajos instintos humanos, la pereza, la envidia, la gula… Su continuidad en la empresa por más de cinco meses no tiene explicación, en palabras de Bety. Es mentiroso por naturaleza, juega con los conmutadores. Pone en silenciador los teléfonos de sus compañeros, los sabotea para que no atiendan el llamado de sus superiores, rompe llaves y descompone cerraduras solo porque sí. Bety increpa al supervisor de vigilancia, llamémosle Mario, con respecto del guardarropa de Pedro. —Es un asco. Guarda comida, ropa sucia, cobijas y no limpia por días. Además, ¿por qué hay cobijas? El viene a trabajar, no a dormir—. Es incapaz de cumplir con más de dos tareas al mismo tiempo, a diferencia de Bety, que puede recibir mercancía, visitantes, atender al celular, tener una llamada en espera y responder una orden telefónica del jefe en la otra línea. Cuando hay una emergencia, Pedro, abrumado, no responde, y tras el correspondiente llamado de atención, contesta que él no estaba ahí, que no era su turno o que estaba de ronda.

—Pedro, revisamos los videos y sí estabas, ¿te los enseñamos?
—Sí, bueno pero… a mí nunca me dieron instrucciones sobre esos casos…

Siempre tiene excusas, y sin embargo, un halo parece protegerlo. Pese a todo, Pedro continúa en la empresa, no importa cuántas quejas ponga Bety.

—Lo que pasa es que ella siempre se pone en mi contra. Es muy agresiva.

Bety insiste en que ella no es agresiva ni está en contra de él. Ella solo hace su trabajo, es buena en ello y tiene excelentes relaciones con los demás empleados. Si no, pregúntele a Nicolás, dice que le dijo. Además, ultimadamente a mí me mandaron de Administración.
Ante argumento tan demoledor, a uno no le queda más que asentir.

¿Qué lleva a pensar a un desconocido que los detalles de sus relaciones laborales puedan interesarnos? ¿Cómo y porqué soportar la lectura de este texto hasta este éste párrafo? Las estaciones del Metrobús transcurren, desde Glorieta de los Insurgentes hasta el Caminero.

Mientras Bety, que en realidad se llama Vero, qué diablos, coordina sus músculos faciales con las cuerdas vocales para lanzar acusaciones probablemente fundadas contra el vigilante que se pone una chamarra que no es del uniforme —pero es que tengo frío, dice—, en mis propias fantasías elaboro la siguiente hipótesis: Tal vez Pedro no existe, tal vez Vero tira una moneda a propósito en cada viaje para provocar una conversación y hacer más digerible su retorno a casa, de tres horas, desde Ecatepec hasta La Joya y, tal vez cuenta una historia diferente en cada trayecto.

Pero así soy yo; siempre invento explicaciones absurdas para evadir la realidad cuando no me gusta.






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