Uno no entiende la Teoría del caos hasta que no le ocurre lo
siguiente: Una moneda de cinco pesos rueda por el piso del Metrobús, lo que
provoca que acabes enterándote de la disfuncional relación laboral entre una
recepcionista y el vigilante de un edificio de oficinas.
Bety (no usaré su nombre verdadero, a fin de proteger la
identidad de la siempre laboriosa y digna protagonista de sus propias
fantasías) se encarga de recibir personas y paquetes por parte de diversas
empresas y las distribuye a sus respectivos destinos en las oficinas instaladas
en el edificio en que labora. Pedro (nombre real, hecho del conocimiento de
todos ustedes para escarnio público de semejante parásito de la seguridad
privada) cuida la puerta, da y niega accesos al inmueble según acreditación y
se encarga de salvaguardar el orden.
Pedro es verdaderamente malvado. Su incompetencia tiene raíz
en los más bajos instintos humanos, la pereza, la envidia, la gula… Su
continuidad en la empresa por más de cinco meses no tiene explicación, en
palabras de Bety. Es mentiroso por naturaleza, juega con los conmutadores. Pone
en silenciador los teléfonos de sus compañeros, los sabotea para que no
atiendan el llamado de sus superiores, rompe llaves y descompone cerraduras
solo porque sí. Bety increpa al supervisor de vigilancia, llamémosle Mario, con
respecto del guardarropa de Pedro. —Es un asco. Guarda comida, ropa sucia,
cobijas y no limpia por días. Además, ¿por qué hay cobijas? El viene a trabajar,
no a dormir—. Es incapaz de cumplir con más de dos tareas al mismo tiempo, a
diferencia de Bety, que puede recibir mercancía, visitantes, atender al
celular, tener una llamada en espera y responder una orden telefónica del jefe
en la otra línea. Cuando hay una emergencia, Pedro, abrumado, no responde, y
tras el correspondiente llamado de atención, contesta que él no estaba ahí, que
no era su turno o que estaba de ronda.
—Pedro, revisamos los videos y sí estabas, ¿te los
enseñamos?
—Sí, bueno pero… a mí nunca me dieron instrucciones sobre
esos casos…
Siempre tiene excusas, y sin embargo, un halo parece
protegerlo. Pese a todo, Pedro continúa en la empresa, no importa cuántas
quejas ponga Bety.
—Lo que pasa es que ella siempre se pone en mi contra. Es muy agresiva.
Bety insiste en que ella no es agresiva ni está en contra de
él. Ella solo hace su trabajo, es buena en ello y tiene excelentes relaciones
con los demás empleados. Si no, pregúntele a Nicolás, dice que le dijo. Además,
ultimadamente a mí me mandaron de Administración.
Ante argumento tan demoledor, a uno no le queda más que asentir.
Ante argumento tan demoledor, a uno no le queda más que asentir.
¿Qué lleva a pensar a un desconocido que los detalles de sus
relaciones laborales puedan interesarnos? ¿Cómo y porqué soportar la lectura de
este texto hasta este éste párrafo? Las estaciones del Metrobús transcurren,
desde Glorieta de los Insurgentes hasta el Caminero.
Mientras Bety, que en realidad se llama Vero, qué diablos, coordina
sus músculos faciales con las cuerdas vocales para lanzar acusaciones
probablemente fundadas contra el vigilante que se pone una chamarra que no es
del uniforme —pero es que tengo frío, dice—, en mis propias fantasías elaboro
la siguiente hipótesis: Tal vez Pedro no existe, tal vez Vero tira una moneda
a propósito en cada viaje para provocar una conversación y hacer más digerible su retorno a casa, de tres
horas, desde Ecatepec hasta La Joya y, tal vez cuenta una historia diferente en
cada trayecto.
Pero así soy yo; siempre invento explicaciones absurdas para evadir la
realidad cuando no me gusta.

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