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14 de diciembre de 2015

Libelo

La verdad es que soy un plagiario.

Cada vez que escribo, pinto o dibujo algo, acabo robando las palabras, los modos, los trazos, las ideas de alguien más. No tengo remedio: cuando hablo lo hago con las palabras de algunos de ustedes, y mi forma de caminar es la de alguien más. De hecho, mientras redacto este texto (o mientras ustedes lo leen, lo mismo da), tengo miedo de que adivinen de quién podrá ser este humor o a quién habré robado este tono confesional… El año pasado, colmo de colmos, tuve el descaro de copiar toda la Bienal Tamayo para volver a mostrarla en la siguiente emisión.

Cuando tuve una banda de rock era lo mismo; todo el tiempo me obligaba y obligaba a mis compañeros a tocar como alguien más: En todo el año con tres meses en que estuvimos en la cúspide de nuestra carrera (tocamos tres veces en el Hard Rock Live y una en el Salón 21, junto a la Maldita Vecindad), ninguno de nuestros fans notó que la melodía de la voz de nuestra canción más lograda era exactamente igual a la de una infame tonada de los Pixies.

Todo mi mundo es la versión deformada de otro mundo, como en el universo paralelo del Superman bizarro. Y sospecho que este impulso por la imitación tiene en mi persona un origen oscuro y profundo que va más allá de la vulgar evasión de las dificultades que conlleva la búsqueda originalidad.

Porque incluso mis sueños no son míos. Sencillamente no pueden serlo. Estoy seguro de que son la copia de los sueños de alguien más. En el sueño más viejo que puedo recordar y que se remonta a mi más tierna infancia, tal vez a los tres o cuatro años de edad, veo claramente a un hombre amarrado a una silla de madera que tiene una perforación en el asiento por la que cuelgan sus testículos. Lo siguiente que recuerdo es a una mujer aplicando finísimos cortes superficiales con una navaja de afeitar sobre el escroto rasurado de aquel sujeto y ahí acaba el recuerdo. ¿Cómo puede soñar algo así un niño que no ha estado sometido jamás a ninguna influencia vivencial o mediática capaz de insertar tales contenidos en su mente? Pero yo sabía desde entonces que el hombre y la mujer jugaban a algo…
Yo casi no sueño, pero cuando lo hago suelo hacerlo con situaciones que poco o nada tienen que ver conmigo como reparaciones complejas de grúas, polipastos y otros artefactos cuya existencia incluso desconozco, conversaciones sobre medicinas para la hipertensión entre personas extrañas y en las que no participo y, claro está, encuentros sexuales de naturaleza variada como el anteriormente descrito; y he sido lo bastante estúpido como para acercarme a esos libros que pretenden explicar el significado de las cosas que soñamos.


Por supuesto que reconozco que todo lo anterior no puede, ni remotamente, ser considerado como evidencia de que mis sueños son copia de los sueños de alguien más y mucho menos que eso sirva como justificación para mis actos de rapiña intelectual y mi naturaleza ladrona, pero algo tendría que alegar en mi defensa. Total, que así somos los plagiarios y los embusteros, siempre obligados a cubrir nuestros engaños con engaños mayores, más complejos e inverosímiles; muy útiles por confusos.



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