Menú principal

1 de diciembre de 2015

Renacer en cucaracha

Anoche, a las 02:00 am una cucaracha se encontró conmigo en el baño.

De las muchas variedades de cucarachas que existen en el mundo, dos son especialmente perjudiciales para el ser humano. La primera, la periplaneta americana abunda por las alcantarillas de las ciudades y es conocida por algunos como cucaracha “patineta” por sus grandes dimensiones. La segunda, la cucaracha alemana o blattella germánica, más pequeña que la anterior, es esa que corre por los interiores de las casas, restaurantes, hoteles y hospitales. Ambas son sumamente dañinas: sus heces producen alergias, favorecen el desarrollo de asma, contagian toda clase de parásitos como la teniae, que ya en sí misma es un monstruo digno de un filme de terror espacial, y además, dejan cápsulas de huevecillos por los rincones, rociándolos de feromonas nocivas, son capaces de vivir hasta 2 semanas sin cabeza y pueden resistir una radiación 6 veces más fuerte que la que mataría a un ser humano. La de anoche era una periplaneta.

Así que…
Cucaracha, nuestro encuentro solo puede terminar de una forma.

La cucaracha lo sabe y corre.
Su agilidad solo se compara a su miedo. Se lanza a una velocidad que a escala humana sería como si yo corriera a 350 kilómetros por hora. No le sirve de nada, pues mi tamaño, a escala cucaracha equivaldría a 8,727.2 cucarachas como ella agrupadas en una sola masa corporal.
Además, está acorralada.

La vida es sufrimiento. El Buda lo sabía. Esta cucaracha lo supo, y de qué forma. También la loseta blanca del piso de la regadera lo supo. Lo que nadie supo fue lo que vino después.
Me puse una sudadera y salí al frío de la madrugada por una escoba, un recogedor, trapo y otros enceres para la limpieza. De nuevo en el baño noté que algo había cambiado.
Un olor… Era como si se hubiera destapado una coladera, era como si alguien hubiera desazolvado un ducto del drenaje profundo y depositado una cucharada del material de ahí extraído en el interior de mi baño, sobre mi loseta.

Blattodea, el nombre griego para cucaracha, significa “parecido a una cuchara”.

Quise creer que el olor provendría del arenero del gato, del fondo del retrete, de las tuberías, pero no. Provenía de esos cinco o seis mililitros de líquido negro que salió de la cucaracha. Era como si todo el hedor de todas las bocas más malolientes que he olido se concentrara en un área no mayor que la palma de mi mano. Recogí la cucaracha, extendiendo la mancha y, por tanto, avivando el olor. Saqué el cuerpecillo convulso al patio, limpié obsesivamente el piso del baño y ventilé hasta encontrarme satisfecho.


La cucaracha no murió. Incluso la rematé varias veces pues no me considero un ser tan desalmado como para dejar a un moribundo en sufrimiento; aunque después de varios artículos de Wikipedia entiendo que es posible que, de una u otra forma, siga viva. Así que estoy seguro de que no renaceré en cucaracha.






No hay comentarios: