Anoche, a las 02:00 am una cucaracha se encontró conmigo en el
baño.
De las muchas variedades de cucarachas que existen en el
mundo, dos son especialmente perjudiciales para el ser humano. La primera, la periplaneta
americana abunda por las alcantarillas de las ciudades y es conocida por
algunos como cucaracha “patineta” por sus grandes dimensiones. La segunda, la
cucaracha alemana o blattella germánica, más pequeña que la anterior, es
esa que corre por los interiores de las casas, restaurantes, hoteles y
hospitales. Ambas son sumamente dañinas: sus heces producen alergias, favorecen
el desarrollo de asma, contagian toda clase de parásitos como la teniae,
que ya en sí misma es un monstruo digno de un filme de terror espacial, y además,
dejan cápsulas de huevecillos por los rincones, rociándolos de feromonas
nocivas, son capaces de vivir hasta 2 semanas sin cabeza y pueden resistir una
radiación 6 veces más fuerte que la que mataría a un ser humano. La de anoche era una
periplaneta.
Así que…
Cucaracha, nuestro encuentro solo puede terminar de una forma.
La cucaracha lo sabe y corre.
Su agilidad solo se compara a su miedo. Se lanza a una
velocidad que a escala humana sería como si yo corriera a 350 kilómetros por
hora. No le sirve de nada, pues mi tamaño, a escala cucaracha equivaldría a 8,727.2
cucarachas como ella agrupadas en una sola masa corporal.
Además, está acorralada.
La vida es sufrimiento. El Buda lo sabía. Esta cucaracha lo
supo, y de qué forma. También la loseta blanca del piso de la regadera lo supo. Lo que nadie supo fue lo que vino después.
Me puse una sudadera y salí al frío de la madrugada
por una escoba, un recogedor, trapo y otros enceres para la limpieza. De nuevo
en el baño noté que algo había cambiado.
Un olor… Era como si se hubiera destapado una coladera, era
como si alguien hubiera desazolvado un ducto del drenaje profundo y depositado una
cucharada del material de ahí extraído en el interior de mi baño, sobre mi loseta.
Blattodea, el nombre griego para cucaracha, significa “parecido
a una cuchara”.
Quise creer que el olor provendría del arenero del gato, del
fondo del retrete, de las tuberías, pero no. Provenía de esos cinco o seis mililitros
de líquido negro que salió de la cucaracha. Era como si todo el hedor de todas
las bocas más malolientes que he olido se concentrara en un área no mayor que
la palma de mi mano. Recogí la cucaracha, extendiendo la mancha y, por tanto, avivando
el olor. Saqué el cuerpecillo convulso al patio, limpié obsesivamente el piso
del baño y ventilé hasta encontrarme satisfecho.
La cucaracha no murió. Incluso la rematé varias veces pues
no me considero un ser tan desalmado como para dejar a un moribundo en sufrimiento; aunque después de varios artículos de Wikipedia entiendo que es
posible que, de una u otra forma, siga viva. Así que estoy seguro de que no
renaceré en cucaracha.

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