Cuando era niño —vaya manera de iniciar un parrafo— quedé
tan impresionado al ver Parque Jurásico que dediqué un cuaderno entero a
recrear con dibujos acompañados de un breve texto explicativo toda la trama de
la película, de tal modo que pudiera poseer aquella fantasía poblada de dinosaurios,
ingeniería genética y paleontólogos aventureros de una manera más íntima e
intensa. No contento con ello, compré otro cuaderno y escribí en él mi propia
segunda parte de la historia.
Parque Jurásico II. Así, con números romanos, se leía el
título en la portada escrito con bolígrafo sobre el logotipo de Scribe. En mi
versión la protagonista se llamaba Aurora y era costarricense. De hecho, ningún
personaje es norteamericano, ya que para mí estaba claro que la isla había sido
abandonada por sus antiguos dueños a la buena de Dios, como suelen hacer con el
resto de sus desechos en el traspatio que para Estados Unidos representa el resto del continente a partir de su frontera sur. Aurora se veía obligada a
rescatar a sus familiares, cuya embarcación había naufragado en una misteriosa
isla que los pescadores locales llamaban “Isla de los dragones”. El resto de la
trama transcurre entre persecuciones, clichés del cine norteamericano,
carnicerías, etc. No recuerdo en que concluye la historia ni qué ocurre con
Aurora o su empresa rescatista; tampoco recuerdo cómo era ella físicamente, qué
personalidad le conferí ni si reparé en tales detalles.
Varios años después, cuando apareció la segunda parte
oficial, pude constatar con cierto orgullo que mi versión no distaba mucho de ella, lo que me ascendía a la categoría de guionista en potencia. Pero a los
quince años ya se gestaba en mí el agrio espíritu del escepticismo y acabé por
caer en cuenta de que realmente habían sido los guionistas quienes nos habían
entregado una historia que podía haber sido predicha por cualquier niño de diez
años con ganas de hacerlo. Desde entonces he ido desarrollando una progresiva
desconfianza en cualquier producto del cine de entretenimiento norteamericano,
misma que ha sido ratificada año con año, película tras película. Por que ¿cómo
confiar en esa industria para la que no es suficiente con entregarnos historias
cada vez más anodinas, sino que además satura las carteleras con versiones
espurias de filmes memorables como Total Recall, Robocop, Mad Max, etc. todas
ellas severamente higienizadas y moralmente corregidas, libres de sangre,
tabaco y sexo explícito?*
Que no se me malinterprete. No pretendo aquí predicar
ninguna clase de odio a las superproducciones hollywoodenses. No es mi deseo
que alguno de ustedes abjure de ninguna de sus adoradas franquicias; mucho
menos es mi intención que se conviertan a la religión del cine de arte, tan
pródiga en paisajes semiáridos y minutos de silencio apenas interrumpidos por
el balar de una oveja o el ladrido de un perro. Yo tan solo quería contarles
acerca de lo que dibujé y escribí en un par de libretas Scribe que un buen día
simplemente decidí tirar a la basura.
*Nota: Tan solo en 2015 se estrenó la quinta entrega de la
franquicia Terminator, la séptima de Star Wars, la cuarta de la franquicia de
Jurassic Park, la séptima de Fast & furious, la vigésimocuarta de James Bond, la
cuarta de The Hunger Games, la quinta de
Mission: Impossible, la enésima de la franquicia Avengers, un remake más de la historia de Frankenstein, otro de Mad
Max, etc…










