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19 de diciembre de 2015

Aurora en la isla de los dragones

Cuando era niño —vaya manera de iniciar un parrafo— quedé tan impresionado al ver Parque Jurásico que dediqué un cuaderno entero a recrear con dibujos acompañados de un breve texto explicativo toda la trama de la película, de tal modo que pudiera poseer aquella fantasía poblada de dinosaurios, ingeniería genética y paleontólogos aventureros de una manera más íntima e intensa. No contento con ello, compré otro cuaderno y escribí en él mi propia segunda parte de la historia.

Parque Jurásico II. Así, con números romanos, se leía el título en la portada escrito con bolígrafo sobre el logotipo de Scribe. En mi versión la protagonista se llamaba Aurora y era costarricense. De hecho, ningún personaje es norteamericano, ya que para mí estaba claro que la isla había sido abandonada por sus antiguos dueños a la buena de Dios, como suelen hacer con el resto de sus desechos en el traspatio que para Estados Unidos representa el resto del continente a partir de su frontera sur. Aurora se veía obligada a rescatar a sus familiares, cuya embarcación había naufragado en una misteriosa isla que los pescadores locales llamaban “Isla de los dragones”. El resto de la trama transcurre entre persecuciones, clichés del cine norteamericano, carnicerías, etc. No recuerdo en que concluye la historia ni qué ocurre con Aurora o su empresa rescatista; tampoco recuerdo cómo era ella físicamente, qué personalidad le conferí ni si reparé en tales detalles.

Varios años después, cuando apareció la segunda parte oficial, pude constatar con cierto orgullo que mi versión no distaba mucho de ella, lo que me ascendía a la categoría de guionista en potencia. Pero a los quince años ya se gestaba en mí el agrio espíritu del escepticismo y acabé por caer en cuenta de que realmente habían sido los guionistas quienes nos habían entregado una historia que podía haber sido predicha por cualquier niño de diez años con ganas de hacerlo. Desde entonces he ido desarrollando una progresiva desconfianza en cualquier producto del cine de entretenimiento norteamericano, misma que ha sido ratificada año con año, película tras película. Por que ¿cómo confiar en esa industria para la que no es suficiente con entregarnos historias cada vez más anodinas, sino que además satura las carteleras con versiones espurias de filmes memorables como Total Recall, Robocop, Mad Max, etc. todas ellas severamente higienizadas y moralmente corregidas, libres de sangre, tabaco y sexo explícito?*

Que no se me malinterprete. No pretendo aquí predicar ninguna clase de odio a las superproducciones hollywoodenses. No es mi deseo que alguno de ustedes abjure de ninguna de sus adoradas franquicias; mucho menos es mi intención que se conviertan a la religión del cine de arte, tan pródiga en paisajes semiáridos y minutos de silencio apenas interrumpidos por el balar de una oveja o el ladrido de un perro. Yo tan solo quería contarles acerca de lo que dibujé y escribí en un par de libretas Scribe que un buen día simplemente decidí tirar a la basura.








*Nota: Tan solo en 2015 se estrenó la quinta entrega de la franquicia Terminator, la séptima de Star Wars, la cuarta de la franquicia de Jurassic Park, la séptima de Fast & furious, la vigésimocuarta de James Bond, la cuarta de The Hunger Games, la quinta de Mission: Impossible, la enésima de la franquicia Avengers, un remake más de la historia de Frankenstein, otro de Mad Max, etc…

14 de diciembre de 2015

Libelo

La verdad es que soy un plagiario.

Cada vez que escribo, pinto o dibujo algo, acabo robando las palabras, los modos, los trazos, las ideas de alguien más. No tengo remedio: cuando hablo lo hago con las palabras de algunos de ustedes, y mi forma de caminar es la de alguien más. De hecho, mientras redacto este texto (o mientras ustedes lo leen, lo mismo da), tengo miedo de que adivinen de quién podrá ser este humor o a quién habré robado este tono confesional… El año pasado, colmo de colmos, tuve el descaro de copiar toda la Bienal Tamayo para volver a mostrarla en la siguiente emisión.

Cuando tuve una banda de rock era lo mismo; todo el tiempo me obligaba y obligaba a mis compañeros a tocar como alguien más: En todo el año con tres meses en que estuvimos en la cúspide de nuestra carrera (tocamos tres veces en el Hard Rock Live y una en el Salón 21, junto a la Maldita Vecindad), ninguno de nuestros fans notó que la melodía de la voz de nuestra canción más lograda era exactamente igual a la de una infame tonada de los Pixies.

Todo mi mundo es la versión deformada de otro mundo, como en el universo paralelo del Superman bizarro. Y sospecho que este impulso por la imitación tiene en mi persona un origen oscuro y profundo que va más allá de la vulgar evasión de las dificultades que conlleva la búsqueda originalidad.

Porque incluso mis sueños no son míos. Sencillamente no pueden serlo. Estoy seguro de que son la copia de los sueños de alguien más. En el sueño más viejo que puedo recordar y que se remonta a mi más tierna infancia, tal vez a los tres o cuatro años de edad, veo claramente a un hombre amarrado a una silla de madera que tiene una perforación en el asiento por la que cuelgan sus testículos. Lo siguiente que recuerdo es a una mujer aplicando finísimos cortes superficiales con una navaja de afeitar sobre el escroto rasurado de aquel sujeto y ahí acaba el recuerdo. ¿Cómo puede soñar algo así un niño que no ha estado sometido jamás a ninguna influencia vivencial o mediática capaz de insertar tales contenidos en su mente? Pero yo sabía desde entonces que el hombre y la mujer jugaban a algo…
Yo casi no sueño, pero cuando lo hago suelo hacerlo con situaciones que poco o nada tienen que ver conmigo como reparaciones complejas de grúas, polipastos y otros artefactos cuya existencia incluso desconozco, conversaciones sobre medicinas para la hipertensión entre personas extrañas y en las que no participo y, claro está, encuentros sexuales de naturaleza variada como el anteriormente descrito; y he sido lo bastante estúpido como para acercarme a esos libros que pretenden explicar el significado de las cosas que soñamos.


Por supuesto que reconozco que todo lo anterior no puede, ni remotamente, ser considerado como evidencia de que mis sueños son copia de los sueños de alguien más y mucho menos que eso sirva como justificación para mis actos de rapiña intelectual y mi naturaleza ladrona, pero algo tendría que alegar en mi defensa. Total, que así somos los plagiarios y los embusteros, siempre obligados a cubrir nuestros engaños con engaños mayores, más complejos e inverosímiles; muy útiles por confusos.



8 de diciembre de 2015

Ultimadamente a mí me mandaron de administración…

Uno no entiende la Teoría del caos hasta que no le ocurre lo siguiente: Una moneda de cinco pesos rueda por el piso del Metrobús, lo que provoca que acabes enterándote de la disfuncional relación laboral entre una recepcionista y el vigilante de un edificio de oficinas.

Bety (no usaré su nombre verdadero, a fin de proteger la identidad de la siempre laboriosa y digna protagonista de sus propias fantasías) se encarga de recibir personas y paquetes por parte de diversas empresas y las distribuye a sus respectivos destinos en las oficinas instaladas en el edificio en que labora. Pedro (nombre real, hecho del conocimiento de todos ustedes para escarnio público de semejante parásito de la seguridad privada) cuida la puerta, da y niega accesos al inmueble según acreditación y se encarga de salvaguardar el orden.

Pedro es verdaderamente malvado. Su incompetencia tiene raíz en los más bajos instintos humanos, la pereza, la envidia, la gula… Su continuidad en la empresa por más de cinco meses no tiene explicación, en palabras de Bety. Es mentiroso por naturaleza, juega con los conmutadores. Pone en silenciador los teléfonos de sus compañeros, los sabotea para que no atiendan el llamado de sus superiores, rompe llaves y descompone cerraduras solo porque sí. Bety increpa al supervisor de vigilancia, llamémosle Mario, con respecto del guardarropa de Pedro. —Es un asco. Guarda comida, ropa sucia, cobijas y no limpia por días. Además, ¿por qué hay cobijas? El viene a trabajar, no a dormir—. Es incapaz de cumplir con más de dos tareas al mismo tiempo, a diferencia de Bety, que puede recibir mercancía, visitantes, atender al celular, tener una llamada en espera y responder una orden telefónica del jefe en la otra línea. Cuando hay una emergencia, Pedro, abrumado, no responde, y tras el correspondiente llamado de atención, contesta que él no estaba ahí, que no era su turno o que estaba de ronda.

—Pedro, revisamos los videos y sí estabas, ¿te los enseñamos?
—Sí, bueno pero… a mí nunca me dieron instrucciones sobre esos casos…

Siempre tiene excusas, y sin embargo, un halo parece protegerlo. Pese a todo, Pedro continúa en la empresa, no importa cuántas quejas ponga Bety.

—Lo que pasa es que ella siempre se pone en mi contra. Es muy agresiva.

Bety insiste en que ella no es agresiva ni está en contra de él. Ella solo hace su trabajo, es buena en ello y tiene excelentes relaciones con los demás empleados. Si no, pregúntele a Nicolás, dice que le dijo. Además, ultimadamente a mí me mandaron de Administración.
Ante argumento tan demoledor, a uno no le queda más que asentir.

¿Qué lleva a pensar a un desconocido que los detalles de sus relaciones laborales puedan interesarnos? ¿Cómo y porqué soportar la lectura de este texto hasta este éste párrafo? Las estaciones del Metrobús transcurren, desde Glorieta de los Insurgentes hasta el Caminero.

Mientras Bety, que en realidad se llama Vero, qué diablos, coordina sus músculos faciales con las cuerdas vocales para lanzar acusaciones probablemente fundadas contra el vigilante que se pone una chamarra que no es del uniforme —pero es que tengo frío, dice—, en mis propias fantasías elaboro la siguiente hipótesis: Tal vez Pedro no existe, tal vez Vero tira una moneda a propósito en cada viaje para provocar una conversación y hacer más digerible su retorno a casa, de tres horas, desde Ecatepec hasta La Joya y, tal vez cuenta una historia diferente en cada trayecto.

Pero así soy yo; siempre invento explicaciones absurdas para evadir la realidad cuando no me gusta.






1 de diciembre de 2015

Renacer en cucaracha

Anoche, a las 02:00 am una cucaracha se encontró conmigo en el baño.

De las muchas variedades de cucarachas que existen en el mundo, dos son especialmente perjudiciales para el ser humano. La primera, la periplaneta americana abunda por las alcantarillas de las ciudades y es conocida por algunos como cucaracha “patineta” por sus grandes dimensiones. La segunda, la cucaracha alemana o blattella germánica, más pequeña que la anterior, es esa que corre por los interiores de las casas, restaurantes, hoteles y hospitales. Ambas son sumamente dañinas: sus heces producen alergias, favorecen el desarrollo de asma, contagian toda clase de parásitos como la teniae, que ya en sí misma es un monstruo digno de un filme de terror espacial, y además, dejan cápsulas de huevecillos por los rincones, rociándolos de feromonas nocivas, son capaces de vivir hasta 2 semanas sin cabeza y pueden resistir una radiación 6 veces más fuerte que la que mataría a un ser humano. La de anoche era una periplaneta.

Así que…
Cucaracha, nuestro encuentro solo puede terminar de una forma.

La cucaracha lo sabe y corre.
Su agilidad solo se compara a su miedo. Se lanza a una velocidad que a escala humana sería como si yo corriera a 350 kilómetros por hora. No le sirve de nada, pues mi tamaño, a escala cucaracha equivaldría a 8,727.2 cucarachas como ella agrupadas en una sola masa corporal.
Además, está acorralada.

La vida es sufrimiento. El Buda lo sabía. Esta cucaracha lo supo, y de qué forma. También la loseta blanca del piso de la regadera lo supo. Lo que nadie supo fue lo que vino después.
Me puse una sudadera y salí al frío de la madrugada por una escoba, un recogedor, trapo y otros enceres para la limpieza. De nuevo en el baño noté que algo había cambiado.
Un olor… Era como si se hubiera destapado una coladera, era como si alguien hubiera desazolvado un ducto del drenaje profundo y depositado una cucharada del material de ahí extraído en el interior de mi baño, sobre mi loseta.

Blattodea, el nombre griego para cucaracha, significa “parecido a una cuchara”.

Quise creer que el olor provendría del arenero del gato, del fondo del retrete, de las tuberías, pero no. Provenía de esos cinco o seis mililitros de líquido negro que salió de la cucaracha. Era como si todo el hedor de todas las bocas más malolientes que he olido se concentrara en un área no mayor que la palma de mi mano. Recogí la cucaracha, extendiendo la mancha y, por tanto, avivando el olor. Saqué el cuerpecillo convulso al patio, limpié obsesivamente el piso del baño y ventilé hasta encontrarme satisfecho.


La cucaracha no murió. Incluso la rematé varias veces pues no me considero un ser tan desalmado como para dejar a un moribundo en sufrimiento; aunque después de varios artículos de Wikipedia entiendo que es posible que, de una u otra forma, siga viva. Así que estoy seguro de que no renaceré en cucaracha.






19 de abril de 2015

Fantasía mexicana


Ángeles, Arcángeles, Serafines, Tronos... Toda la fauna angeleológica que permea nuestro imaginario espiritual de raíz católica y sensualidad barroca...

Parece ser que la primera reacción de Von Humboldt ante la escultura de la Coatlícue fue de horror. ¿Cuál habrá sido la reacción de aquellos tlacuilos que se vieron forzados a pintar las imágenes recién traídas por los conquistadores? ¿qué incertidumbre habrá despertado en sus corazones el saber que el único dios reposa su eternidad sobre un trono hecho de rubias cabezas infantiles con alas de papagayo?



Benjamín Valdés. Pelea, 2011. Acuarela sobre papel

Benjamín Valdés. Tormenta, 2011. Acuarela sobre papel



Benjamín Valdés. Pesadilla Novohispana, 2011. Acuarela sobre papel























En proceso, 2015




28 de marzo de 2015

Screenshots...

Es decir, capturas de pantalla... Trabajando en los colores de Devoradores de Angustia.
Sí, Devoradores de Angustia es el nombre de este proyecto que se está cocinando en estos momentos... En esta viñeta vemos a los peritos del Servicio Médico Forence inspeccionando la escena del crimen... Más detalles de este cómic próximamente...







26 de marzo de 2015

¿Dónde estas, Carlos Iván?

En noviembre hice una pequeña ilustración en el marco de la convocatoria #IlustradoresConAyotzinapa ... Se trata del retrato de Carlos Iván Ramirez Villareal, cuyo rostro sostuve durante algunas de las manifestaciones que congregaban a miles de personas al calor de la moda de aquel entonces. Seis meses después de aquél terrible septiembre vuelvo a ver esta ilustración que acompaña el andar del automóvil familiar a todos lados. Seis meses despues las manifestaciones ya no son tan multitudinarias. Sin embargo,  algunos todavía nos preguntamos ¿Dónde estás, Carlos Iván?

¿Dónde están, compañeros desaparecidos?



24 de marzo de 2015

De vuelta al blog.

Es hora de dejar de utilizar este blog como página web y dedicarlo a lo que es. Por lo pronto les dejo un par de imágenes del cómic en el que estoy trabajando. Están en fase de entintado...

Ben.