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22 de marzo de 2016

شمسُ الهوى


Hace varios siglos un místico sufí oriundo de Murcia y conocido como Ibn Arabí (1165-1240) escribió una serie de versos que, en la presente entrada, se reúnen bajo el título de El Sol del Amor. Ibn Arabí es famoso principalmente por ser el autor de la célebre y ecuménica frase “yo creo en la religión del amor”, que se puede encontrar en el libro El Interprete de los deseos”. No conocía este poema hasta que escuché la versión de la también famosa cantante palestina Rim Banna, misma que también se encuentra en esta entrada. Aquí dejo una traducción que hice al poema directamente del árabe, junto a una muy personal transliteración al español mexicano, en caso de que a alguien le surja el deseo de cantar mientras lee. Eso sí, les advierto que no soy un traductor profesional ni por asomo, solo soy un ciudadano con un poco de tiempo libre que gusta del idioma árabe, Ibn Arabí y las canciones de Rim Banna, así que es posible que esta versión contenga varios errores.  



شمسُ الهوى
Shamsu alhawaa
Sol de amor




 شمسُ الهوى في النفوسِ لاحتْ
Shamsu alhawaa fi nufusi lahat
El sol del amor brilla en las almas

فأشرقتْ عندها القلوبُ
 Fa ashraqat aindaha al qulub
Y refulgen con él los corazones

الحبُّ أشهى إليّ مما
Alhubu ash-ha ilai mima
El amor me deleita

يقوله العارفُ اللبيبُ
Yaquluhu al’arifu alabib
más que los dichos del sabio y el conocedor.

يا حبَّ مولاي لا تولِّ
Ya hubba maulay la tuali
Oh Amor, señor mío. No ordenes sobre mí

عني فالعيشُ لا يطيب
Any falaishu la iattib
Que la vida no sea placentera.

لا أنس يصفو للقلبِ 
La unsun iasfu lilqalbi ilaa
La alegría no será plena en el corazón

 إذا تجلَّى له الحبيبُ 
إلا 
Idaa tayala lahu al habib
A menos que se le revele el ser amado.






23 de febrero de 2016

Nada puede contra la fe de un creyente.

Tengo la sospecha de que si dios padre se apareciera ante algún creyente y confesara “Vengo ante ti porque ya no soporto el yugo de esta farsa. Todo es mentira, lo de la manzana de Adán, lo de las vacas gordas y las vacas flacas, lo de la paloma y la virgen preñada, además te confieso de una vez que ni soy tan todopoderoso ni tan bueno y que de todos ustedes, son las viejas santurronas las que más gordas me caen, a diferencia de las señoritas de colegios católicos, que me gustan mucho”, el buen creyente se haría de la vista gorda, apretaría las manos contra sus oídos y daría media vuelta tratando de convencerse de que no escuchó lo que escuchó. Tal es el poder de la fe.

Por ejemplo, hay un individuo que cree que yo soy un babalao. Yo estoy seguro de que no lo soy, pero allá afuera hay un taxista, para ser más precisos, que insiste en que sí.
Me explico. Subo a un taxi acompañado de un viejo amigo, un reputado anestesista con quien me encuentro a la salida del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición. Mientras el vehículo avanza los primeros metros, el taxista mira por el retrovisor el gorro turco que llevo puesto, recuerdo de Estambul que compré en el Gran Bazar.

—Palo mayombe… — Susurra tímidamente el conductor.
—No, es un gorro turco —replico inmediatamente, tratando de eliminar sospechas.
— ¿Qué es palo mayombe?— pregunta mi acompañante.
—Una religión afrocaribeña— respondo con ciertas reservas dado mi desconocimiento sobre el tema.
—No es africana. África está más lejos, por Asia. — Aclara el taxista. El doctor y yo nos miramos de reojo ante la contundencia de tal aseveración. En un intento por redirigir la conversación sugiero que el Palo mayombe es una especie de santería.
—No. La Santería es otra. El palo es brujería…

A partir de ahí inicia una breve disertación de la cual no puedo hacer transcripción debido al volumen bajo en que el taxista habla, cauteloso, abundante en vocablos africanos.

—Usted es babalao. — Afirma el chofer, tajante.

—El gorro es turco. — Insisto, intentando dar por concluido el asunto. El conductor sonríe y asiente. Ambos pasajeros asentimos también y, luego de un breve silencio, comenzamos a ponernos al día en nuestros asuntos, hablando sobre las recientes noticias, la violencia, el narco, la corrupción, y de ahí a los libros, las películas que hemos visto últimamente, etcétera, ante el oído atento del conductor, que con muecas y gestos silenciosos parece aprobar mis opiniones sobre cualquier tema y desaprobar las del doctor y que no deja de lanzarme miradas de reojo.

Aquí quiero hacer una pequeña acotación: El taxista no lleva nada que lo identifique como seguidor de algún culto en particular. Nada en su vestimenta ni en los accesorios del automóvil delatan su interés en los cultos de origen africano y su manera de hablar, cautelosa, rápida, deja ver un posible secretismo, quizá una búsqueda de complicidad.

Y al final no importa que Africa esté en Asia, que yo sea o no un babalao o que siquiera sepamos que es tal cosa. Lo que importa es la fuerza con que uno lo cree. Al llegar a nuestro destino, el taxista se estaciona y desciende con presteza de la unidad para abrirme la puerta en un gesto de extraña cortesía. —Gracias —Respondo a su gesto. El hombre replica con una reverencia. Un poco desconcertado vuelvo a agradecer. Otra reverencia; el conductor se inclina con las manos en una posición parecida al namasté hindú. Atónito, repito torpemente “gracias”. Otra reverencia. Doy media vuelta y me dirijo con paso veloz a la recepción del edificio de departamentos donde vive el doctor, quien paga el servicio. A lo lejos escucho la voz del taxista amonestándolo seriamente: “Cuídelo bien, porque es un babalao.”


31 de enero de 2016

Wunderkammer

La gente normal no anda en metro. Yo lo sé bien porque al igual que todos ustedes he viajado en él y lo he visto. Cualquier persona con la que uno se encuentra en sus vagones o andenes tiene, cuando menos, algún tipo de deformidad o anomalía, bien sea evidente o inconfesada. No quiero presumir pero yo, por ejemplo, aun poseo un par de dientes de leche y tengo un vientre con vocación de trombón. Otra anomalía mía, ésta más bien de orden mental, es que cada vez que inicio una conversación o escribo un texto sobre cualquier tema, irremediablemente acabo hablando de mí mismo. Con suerte estas líneas se salven por un pelo.

En fin, sucedió que el día de hoy se subió un hombre al vagón en que yo viajaba. Su rostro, que se deformaba a partir de la nariz hacia el lado derecho, presentaba un notorio abultamiento que nacía de su boca, rellenaba sus mejillas y generaba una tensión sobre el resto de la piel de la cara. No era que algún tipo de tumor o carnación desordenada trastornara la faz del sujeto. La deformidad se debía mucho menos a algún traumatismo o quemadura. Era más bien algo que crecía desde dentro de su boca, que la había abultado tanto que había perdido su aspecto natural. El hombre se sentó frente a mí y exhaló por entre los labios que apenas alcanzaba a cerrar. El olor de su aliento confirmó mis sospechas. Aquel abultamiento se debía a una acumulación desmedida de sarro hediondo.

Está claro que solo una persona con una condición mental patológica en una situación de abandono podría dejar crecer semejante protuberancia alrededor de sus dientes, así que no hablaré más del hombre en cuestión, de su aspecto famélico, del reloj Casio descompuesto que portaba en la muñeca izquierda, de las costras de mugre en su cuello, de las cicatrices… 
Lo importante aquí es el sentido del olfato.

El olfato es un sentido especialmente potente. Nuestra cultura lo mantiene marginado ante la primacía de la vista y el oído. Se ocultan los olores naturales del cuerpo a toda costa porque calan en una parte de nuestro cerebro y despiertan nuestra animalidad más cruda. También los olores son capaces de desenterrar los recuerdos más profundos de la misma manera que un buen bibliotecario sería capaz de encontrar el ejemplar más raro del catálogo con tan solo una pista vaga. Y en efecto, bastó un microsegundo de olfato para que mi cerebro emitiera su diagnóstico. Solo una acumulación de meses, seguramente años, de sedimentos alimenticios, sangre y fluidos varios formaría semejante corteza, dura como una roca, capaz de deformar un rostro y despedir ese olor tan agrio, penetrante, persistente.

La primera vez que percibí este olor fue hace más de una década. Durante una breve temporada, cuando mi vocación de Pintor se tambaleó y abandoné por algún tiempo mis estudios en la ahora Facultad de Artes y Diseño, trabajé como asistente en el consultorio de un prestigiado dentista del sur de la ciudad. Ahí presencié toda clase de anomalías bucales siempre acompañado, por fortuna, del reputado experto que me empleaba como su limpia saliva mientras me instruía en los porqués y cómos de semejantes bromas que la naturaleza, la precariedad, la ignorancia y la franca pereza, jugaban en las bocas de los pacientes. 

Aunque también la vergüenza tiene su papel en esta tragicomedia. Un día llegó al consultorio una mujer con el mentón y el labio inferior terriblemente abultados, a quien yo mentalmente diagnostiqué un prognatismo severo. Mi pronóstico se puso en entredicho en el mismo instante en que la mujer dijo “hola” y la habitación fue poseída por un aire maligno. Era ese mismo aire maligno que ahora se extendía al interior del vagón, tomándolo por contenedor, adoptando su forma, entrando en nuestros pulmones, adoptando sus formas… Tras abrir la boca, la mujer exhibió un arrecife de coral de las más variadas texturas y tonalidades del negro y el ocre, ocupando casi toda la totalidad de la dentadura inferior. Baste con decir que el crecimiento progresivo de semejante pedrusco se debió a la también progresiva vergüenza. La pobre acabó alejándose de la sociedad ante el mal olor de su incipiente acumulación, hasta que, después de años, creció a tal grado que comer se volvió imposible. 

Del material removido, el dentista conserva un registro fotográfico detallado que no duda en mostrar con orgullo a la menor provocación a sus más íntimos allegados y que forma parte de lo que yo considero la mejor colección de fenómenos odontológicos sin fines académicos. En ella hay modelos dentales de yeso de hileras de dientes que empiezan como una y terminan como tres, registros de mordidas “en x” sobre placas de cera (no pregunte qué significa “en x”, solo imagínelo) radiografías de quistes, de dientes o de dientes enquistados (o ambos), y miles de piezas dentales extraídas y acumuladas en latas de a litro, cuyo propósito y destino ignoro.

Todo esto me hace pensar que quizá sean los médicos o los dentistas, los que posean las colecciones más interesantes; no como las de algunos pintores, músicos y cineastas que suelen recolectar objetos anodinos, como piedras, muestrarios de la Comex, boletos de la Cineteca, bolsitas de té usadas o, peor aún, sin usar.







Danta.
Pastel/Papel
2014