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31 de enero de 2016

Wunderkammer

La gente normal no anda en metro. Yo lo sé bien porque al igual que todos ustedes he viajado en él y lo he visto. Cualquier persona con la que uno se encuentra en sus vagones o andenes tiene, cuando menos, algún tipo de deformidad o anomalía, bien sea evidente o inconfesada. No quiero presumir pero yo, por ejemplo, aun poseo un par de dientes de leche y tengo un vientre con vocación de trombón. Otra anomalía mía, ésta más bien de orden mental, es que cada vez que inicio una conversación o escribo un texto sobre cualquier tema, irremediablemente acabo hablando de mí mismo. Con suerte estas líneas se salven por un pelo.

En fin, sucedió que el día de hoy se subió un hombre al vagón en que yo viajaba. Su rostro, que se deformaba a partir de la nariz hacia el lado derecho, presentaba un notorio abultamiento que nacía de su boca, rellenaba sus mejillas y generaba una tensión sobre el resto de la piel de la cara. No era que algún tipo de tumor o carnación desordenada trastornara la faz del sujeto. La deformidad se debía mucho menos a algún traumatismo o quemadura. Era más bien algo que crecía desde dentro de su boca, que la había abultado tanto que había perdido su aspecto natural. El hombre se sentó frente a mí y exhaló por entre los labios que apenas alcanzaba a cerrar. El olor de su aliento confirmó mis sospechas. Aquel abultamiento se debía a una acumulación desmedida de sarro hediondo.

Está claro que solo una persona con una condición mental patológica en una situación de abandono podría dejar crecer semejante protuberancia alrededor de sus dientes, así que no hablaré más del hombre en cuestión, de su aspecto famélico, del reloj Casio descompuesto que portaba en la muñeca izquierda, de las costras de mugre en su cuello, de las cicatrices… 
Lo importante aquí es el sentido del olfato.

El olfato es un sentido especialmente potente. Nuestra cultura lo mantiene marginado ante la primacía de la vista y el oído. Se ocultan los olores naturales del cuerpo a toda costa porque calan en una parte de nuestro cerebro y despiertan nuestra animalidad más cruda. También los olores son capaces de desenterrar los recuerdos más profundos de la misma manera que un buen bibliotecario sería capaz de encontrar el ejemplar más raro del catálogo con tan solo una pista vaga. Y en efecto, bastó un microsegundo de olfato para que mi cerebro emitiera su diagnóstico. Solo una acumulación de meses, seguramente años, de sedimentos alimenticios, sangre y fluidos varios formaría semejante corteza, dura como una roca, capaz de deformar un rostro y despedir ese olor tan agrio, penetrante, persistente.

La primera vez que percibí este olor fue hace más de una década. Durante una breve temporada, cuando mi vocación de Pintor se tambaleó y abandoné por algún tiempo mis estudios en la ahora Facultad de Artes y Diseño, trabajé como asistente en el consultorio de un prestigiado dentista del sur de la ciudad. Ahí presencié toda clase de anomalías bucales siempre acompañado, por fortuna, del reputado experto que me empleaba como su limpia saliva mientras me instruía en los porqués y cómos de semejantes bromas que la naturaleza, la precariedad, la ignorancia y la franca pereza, jugaban en las bocas de los pacientes. 

Aunque también la vergüenza tiene su papel en esta tragicomedia. Un día llegó al consultorio una mujer con el mentón y el labio inferior terriblemente abultados, a quien yo mentalmente diagnostiqué un prognatismo severo. Mi pronóstico se puso en entredicho en el mismo instante en que la mujer dijo “hola” y la habitación fue poseída por un aire maligno. Era ese mismo aire maligno que ahora se extendía al interior del vagón, tomándolo por contenedor, adoptando su forma, entrando en nuestros pulmones, adoptando sus formas… Tras abrir la boca, la mujer exhibió un arrecife de coral de las más variadas texturas y tonalidades del negro y el ocre, ocupando casi toda la totalidad de la dentadura inferior. Baste con decir que el crecimiento progresivo de semejante pedrusco se debió a la también progresiva vergüenza. La pobre acabó alejándose de la sociedad ante el mal olor de su incipiente acumulación, hasta que, después de años, creció a tal grado que comer se volvió imposible. 

Del material removido, el dentista conserva un registro fotográfico detallado que no duda en mostrar con orgullo a la menor provocación a sus más íntimos allegados y que forma parte de lo que yo considero la mejor colección de fenómenos odontológicos sin fines académicos. En ella hay modelos dentales de yeso de hileras de dientes que empiezan como una y terminan como tres, registros de mordidas “en x” sobre placas de cera (no pregunte qué significa “en x”, solo imagínelo) radiografías de quistes, de dientes o de dientes enquistados (o ambos), y miles de piezas dentales extraídas y acumuladas en latas de a litro, cuyo propósito y destino ignoro.

Todo esto me hace pensar que quizá sean los médicos o los dentistas, los que posean las colecciones más interesantes; no como las de algunos pintores, músicos y cineastas que suelen recolectar objetos anodinos, como piedras, muestrarios de la Comex, boletos de la Cineteca, bolsitas de té usadas o, peor aún, sin usar.







Danta.
Pastel/Papel
2014





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