Existía en la Edad Media la idea ampliamente aceptada de que el universo estaba dotado de una sonoridad particular que era el resultado de la armonía conformada por las distintas vibraciones propias de cada cuerpo celeste. Esta idea estaba estrechamente relacionada con la visión pitagórica que consideraba al universo como la manifestación material de un orden matemático perfecto.
Los antiguos padres de la iglesia cristiana, al fundamentar su doctrina en las ideas de los filósofos griegos, retomaron esta idea y la incorporaron a su rito, particularmente en el ámbito de la música. En aquellos días, toda la música occidental tenía su fundamento en los modos griegos y no permitía bajo ningún concepto la disonancia, al punto de prohibir la combinación de determinadas notas, el infame tritono, el acorde del diablo... Esto se debió a que la música como alabanza no podía reflejar ninguna falta de armonía.
Así pues, si nos atenemos a estas ideas, el universo posee un orden matemático ininterrumpido y perfecto, reflejado no solo en la geometría, sino también en el ritmo de las mareas, los movimientos de los astros, las proporciones del cuerpo humano y las notas musicales.
Por supuesto que este no es el único ejemplo de cómo, a lo largo de su historia, la humanidad ha dotado de una dimensión cósmica al sonido. En los inicios del Islam, uno de los compañeros del Profeta Muhammad, Bilal, tuvo la encomienda de congregar a los primeros musulmanes a cumplir uno de los cinco pilares de la nueva religión, la oración. A diferencia de la cristiandad, en el Islam los fieles son llamados al rezo por medio de la voz y no de una campana, dotando de una dimensión humana y orgánica al evento. Bilal fue el primero en llamar a sus pares, elevando la voz e instaurando así una de las instituciones esenciales del Islam, el Adhan. De hecho, la voz Qur’an, que es con la que se denomina al libro sagrado de los musulmanes, significa recitación, lo cual dota al libro de una cualidad mucho más oral que literaria, a pesar de que se ha desarrollado toda una tradición caligráfica y un encumbramiento del libro como objeto. Es decir que el Qur’an ante todo, es un poema que se recita. Ello ha derivado en el perfeccionamiento del arte de recitar el Qur’an de memoria, perfectamente pronunciado y especialmente adornado mediante un cantar estrechamente ligado a la música oriental.
Así pues, recitar cantando es una forma de alabanza.
En Estambul, ombligo del mundo durante siglos, el sultán Mehmet II mandó construir su palacio encima de un acantilado que domina la vista del Estrecho del Bósforo y el mar de Mármara. Desde allí gobernaron los sultanes otomanos y en sus mazmorras y habitaciones mantuvieron cautivos a enemigos y concubinas, respectivamente. También allí, en tal portento de la arquitectura islámica conocida como Topkapi Sarayi, guardaron con mucho celo algunas de las reliquias más valiosas del mundo islámico.
Todavía hoy, el turista contemporáneo puede visitar las habitaciones destinadas a atesorar estos vestigios y admirar maravillas tales como el báculo de Moisés, la espada de Hamza y hasta un pelo de la barba del Profeta. Pero reliquias de semejante magnitud no pueden guardarse únicamente bajo la protección de cimitarras y lanzas, o Kalashnikovs para actualizarnos un poco, Tales tesoros demandan, además, la protección especial que solo los versos coránicos recitados pueden dar. Cuando se recorren las galerías que exhiben las relíquias, uno súbitamente es absorbido por la continuidad de la voz de un hombre que, sin detenerse, recita el Qur’an en su totalidad, día y noche, todos los días, en perfecta concentración. Esta voz se apodera del recinto y lo dota de una atmósfera sagrada que, además de alejar al mal en su más terrible personificación, Shaitán, es testimonio de la presencia eterna del dios de los musulmanes. Esta recitación no debe detenerse, razón por la cual los encargados de salvaguardar los tesoros nacionales turcos, ponen empeño en que esta tradición iniciada por los otomanos no se rompa.
Algo similar ocurre en el cruce de la calle República del Salvador con la avenida José María Pino Suárez, en donde, si se pone la suficiente atención, uno notará que de las entrañas de un puesto callejero surge, sin descanso, sin interrupción, todos los días, durante todo el día, el tema principal, en español, de Candy Candy.