Tengo la sospecha de que si dios padre se apareciera ante
algún creyente y confesara “Vengo ante ti porque ya no soporto el yugo de esta
farsa. Todo es mentira, lo de la manzana de Adán, lo de las vacas gordas y las
vacas flacas, lo de la paloma y la virgen preñada, además te confieso de una
vez que ni soy tan todopoderoso ni tan bueno y que de todos ustedes, son las
viejas santurronas las que más gordas me caen, a diferencia de las señoritas de
colegios católicos, que me gustan mucho”, el buen creyente se haría de la vista
gorda, apretaría las manos contra sus oídos y daría media vuelta tratando de
convencerse de que no escuchó lo que escuchó. Tal es el poder de la fe.
Por ejemplo, hay un individuo que cree que yo soy un babalao.
Yo estoy seguro de que no lo soy, pero allá afuera hay un taxista, para ser más
precisos, que insiste en que sí.
Me explico. Subo a un taxi acompañado de un viejo amigo, un
reputado anestesista con quien me encuentro a la salida del Instituto
Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición. Mientras el vehículo avanza los
primeros metros, el taxista mira por el retrovisor el gorro turco que llevo
puesto, recuerdo de Estambul que compré en el Gran Bazar.
—Palo mayombe… — Susurra tímidamente el conductor.
—No, es un gorro turco —replico inmediatamente, tratando de
eliminar sospechas.
— ¿Qué es palo mayombe?— pregunta mi acompañante.
—Una religión afrocaribeña— respondo con ciertas reservas
dado mi desconocimiento sobre el tema.
—No es africana. África está más lejos, por Asia. — Aclara el taxista. El
doctor y yo nos miramos de reojo ante la contundencia de tal aseveración. En un
intento por redirigir la conversación sugiero que el Palo mayombe es una
especie de santería.
—No. La Santería es otra. El palo es brujería…
A partir de ahí inicia una breve disertación de la cual no puedo
hacer transcripción debido al volumen bajo en que el taxista habla, cauteloso,
abundante en vocablos africanos.
—Usted es babalao. — Afirma el chofer, tajante.
—El gorro es turco. — Insisto, intentando dar por concluido el
asunto. El conductor sonríe y asiente. Ambos pasajeros asentimos también y,
luego de un breve silencio, comenzamos a ponernos al día en nuestros asuntos,
hablando sobre las recientes noticias, la violencia, el narco, la corrupción, y
de ahí a los libros, las películas que hemos visto últimamente, etcétera, ante
el oído atento del conductor, que con muecas y gestos silenciosos parece
aprobar mis opiniones sobre cualquier tema y desaprobar las del doctor y que no
deja de lanzarme miradas de reojo.
Aquí quiero hacer una pequeña acotación: El taxista no lleva
nada que lo identifique como seguidor de algún culto en particular. Nada en su
vestimenta ni en los accesorios del automóvil delatan su interés en los cultos
de origen africano y su manera de hablar, cautelosa, rápida, deja ver un
posible secretismo, quizá una búsqueda de complicidad.
Y al final no importa que Africa esté en Asia, que yo sea o no un babalao o que siquiera sepamos que es tal cosa. Lo que importa es la fuerza con que uno lo cree. Al llegar a nuestro destino, el taxista se estaciona y
desciende con presteza de la unidad para abrirme la puerta en un gesto de
extraña cortesía. —Gracias —Respondo a su gesto. El hombre replica con una
reverencia. Un poco desconcertado vuelvo a agradecer. Otra reverencia; el
conductor se inclina con las manos en una posición parecida al namasté hindú. Atónito, repito torpemente “gracias”. Otra reverencia. Doy media vuelta
y me dirijo con paso veloz a la recepción del edificio de departamentos donde
vive el doctor, quien paga el servicio. A lo lejos escucho la voz del taxista amonestándolo seriamente: “Cuídelo bien, porque es un babalao.”